El escritor entre la realidad y la ficción

Es sano crear ficciones. Por supuesto que sí: es sano, sobre todo, para nuestras mentes. La mente adquiere capacidades abstractas gracias al ejercicio de la ficción. Además, toma así un respiro de la aburrida rutina. Las ficciones la hacen más flexible y aventurera.

Pero el escritor nunca debe desentenderse de lo real. La ficción no es sinónimo de llevar a cabo retratos caprichosos. La ficción es por definición una realidad posible. La práctica del cuento requiere verosimilitud. Verosímil es aquello que parece verdadero o es creíble. No podemos tener dicha cualidad si no nos apoyamos en la realidad.

Lo ideal sería lo siguiente. Supongamos que Juan es un cultor del cuento. Apoyado en lo que sabe de lanchas con motores fuera de borda e islas del Caribe (realidad) redacta una historia sobre un hombre originario de Trinidad y Tobago que tiene una pequeña lancha llamada Azul (ficción). ¿Podemos ver que bajo la ficción se amontonan las piezas de la realidad? El hombre decide que participará en una carrera de lanchas muy importante, en la que podrá ganar el dinero suficiente para que los mejores médicos atiendan a su hija enferma (ficción, pero alimentada por lo que Juan sabe sobre atención médica, carreras de barcos, premios de carreras de barcos). Juan creará así una historia verosímil.

Esto en cuanto a la práctica literaria, la cual no tendría resultados exitosos si realidad e invención no se trenzaran sabiamente. Ahora pensemos en la realidad y la imaginación presentes en la vida del escritor. Julio Cortázar decía que él no creaba literatura fantástica de la nada, sino que su misma vida era fantástica. Observaba los rasgos fantásticos que nos regala la vida. Casualidades (causalidades), sueños. Pero esos eran los ojos de Julio Cortázar. No cualquier persona descubriría en la cotidianeidad lo que él hallaba. Lo fantástico es, entonces, una interpretación de la realidad. Esto parece ir en contra de lo que se entiende comúnmente como fantasía: sucesos, historias o imágenes que no están presentes en la realidad. Pero analicemos esto con más detalle: Si la ficción es una realidad posible, habrá siempre la opción de que una ficción se haga realidad. Es una de las ventajas de desarrollar una mente imaginativa: ella nos provee de nuevas maneras de mirar.

Permítanme una advertencia. Las ficciones deben ser profundamente humanas. Y para que sean humanas, debemos haber tenido experiencias conscientes. No basta con haber vivido, sino que debimos aprehender lecciones de lo vivido. Debimos despertar a la experiencia. Qué nos hizo sufrir. Qué ser felices. ¿Recibimos estas sensaciones con la suficiente luz como para que nos cambiaran? Fantasear no es lo mismo que crear algo fantástico. No escribimos ficciones para distraernos, las escribimos para enfocar nuestra atención. No estamos drogándonos con la ficción, como para no darnos cuenta de nada, sino que deseamos despertar. La literatura es poderosa mientras diga la verdad, así sea con mentiras.

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