Prólogo (el olvido)

Advertencia necesaria

 

Los autores, investigadores y académicos que se enumeran y/o citan en la siguiente antología son ficticios. La antología no solo es un conjunto de ficciones sino, en sí misma, ficticia. Lo que se dice en cada una de las notas y cuentos es ficción. Solo aquello que es conocido por el común de las personas fue tomado con exactitud de la realidad. Cualquier parecido de lo ficticio con la realidad, sobra decirlo, es mera coincidencia.

(La siguiente narración es un prólogo fingido de una antología fingida, la colección Literatura Olvidada, ganadora del Concurso de Literatura Octavio Méndez Pereira de la Universidad Nacional de Panamá, en su sección de cuento Pedro Rivera Ortega)

 

¿Por qué darse a la tarea de componer un rosario, cuenta por cuenta, de autores olvidados (he dicho autores a propósito: la tarea giró alrededor de ellos y la calidad literaria, que sí la hay, fue un requisito de menor importancia)? No me llevo por entero el crédito de la idea. Tuve una cómplice: Samanta Murr. Recuerdo como si hubiera sido ayer que estábamos en su cabaña de Jaramillo, su escondite de jubilada gringa, donde me reconfortaba ante el regreso tenebroso de mi rara enfermedad.

Sépanlo: yo me estaba muriendo.

Las piernas le colgaban pecosas de los bordes de la hamaca y, a pesar de que había rebasado las seis décadas de vida, me pareció lozana como una flor que apenas se abre. No me avergüenza escribir aquí que me atrajo como mujer, ¡a mis años! Yo estaba echado en una poltrona casi horizontal y los ventanales amplísimos de la cabaña me permitían disfrutar de la brisa vigorosa. Aunque por momentos la fuerza con que soplaba el viento y el modo en que hacía doblar los árboles sugerían hablar de la majestuosa naturaleza o simplemente dejarse adormecer por sus silbidos, teníamos otras preocupaciones. Miré el vaso que permanecía en mi mano: una medida de güisqui se disolvía con rapidez entre cubos de hielo que se derretían. Mi preocupación era la mortalidad, y Samanta tuvo la delicadeza de compartirla esa noche.

Comenzamos a hablar sobre el olvido.

¿Cuánto durará el recuerdo?, pregunté.

Y me dije, mientras sonreía espléndidamente a modo de disfraz:

Aunque, querida, tú no necesitas del recuerdo aún: estás como en tus mejores días, y seguramente tendrás mucho tiempo más sobre la Tierra.

Nadie será recordado. Es solo cuestión de tiempo, dijo ella con su habitual y rotunda inteligencia.

Por supuesto, tenía razón. Me hizo rememorar lo que dijo Borges: «Todos caminamos hacia el anonimato, solo que los mediocres llegan un poco antes». Y al pensar en Borges, envidié el recuerdo del que goza (Es muy fácil hablar como él cuando tu obra es considerada inmortal). A eso se refería mi pregunta, a lo vanidoso del recuerdo y no exactamente a su duración. Y tal cosa le hice notar a Samanta.

Ya entiendo, contestó, y se quedó callada.

Quiero ser recordado, insistí. Y creo que ella honró el dolor que se agazapaba tras mi aseveración permaneciendo otro rato en silencio.

Pues yo recuerdo a Yang Tzu. ¿Tú lo recuerdas?

Estaba, justo en ese momento y sin darse cuenta, poniendo la primera piedra de esta edificación, nuestra antología.

No sé quién es Yang Tzu.

Se puso de pie con agilidad, lo que volvió a gritar que estaba absolutamente viva. Se dirigió a un librero que daba la espalda a la pared principal. Ubicó un lomo rojo y lo haló por la comisura de su encuadernación. Cuando estaba más afuera que adentro, lo hizo saltar en el aire y lo atrapó con la mano como horquilla. Sonrió triunfante y regresó a la hamaca, donde se dejó caer.

La literatura desacostumbrada de Yang Tzu. Selección de Anne Müller. Ediciones generales. Alemania, 1948.

Me lo lanzó sin mucha fuerza. Lo atrapé tan certeramente que sentí orgullo, pero no dejé que el sentimiento aflorara. La encuadernación era muy buena, aunque se notaba que no era la original. El libro había recibido ayuda para sobrevivir, al menos con una restauración.

¿La mujer que era un pez?, dije a la vez que leía uno de los títulos de los cuentos.

El chino ese era un tarado. Alguien que realmente merece el olvido, pero ya ves que no lo olvido yo. Y tampoco lo olvidó Anne Müller, quien hizo la selección de sus cuentos y editó el libro.

¿Era tarado tarado?

Era misógino e ingenuo. Era un mitómano. Es más, más que un tarado era un imbécil.

Sonreí con tristeza.

Ya me simpatiza.

¿Sabes qué? A mí también, a pesar de todo. Hay momentos en que lo prefiero a Borges.

Hoy me siento más como el imbécil de Yang Tzu que como Borges.

Yo también.

Ahora el viento llevaba lluvia. Se formaba una tormenta. Samanta volvió a levantarse y cerró las ventanas. Luego las bloqueó echándoles lo que parecía un candado de madera.

¡No somos nada!, exclamó levantando los brazos y de pie.

¡Nada!, repetí yo.

Su figura de fruta madura y firme se vio por sobre la ropa

¿Pero sabes quién era más imbécil, más que Yang Tzu?

No, no lo sé, le dije dominado por la hipnosis de su silueta.

Ella, Anne Müller. Ella fue la verdadera imbécil. ¿Por qué rescatar a Yang Tzu de su justo entierro en el siglo III o IV antes de Cristo, del olvido?

Emocionado por la noche, por estar vivo aún, me atreví a preguntarle:

¿Me rescatarás tú, después?

Caminó hasta adonde yo yacía acostado. Acercó su boca a mi rostro hasta que pude sentir su aliento oloroso a limones. ¿Qué estaba bebiendo? No supe ni siquiera qué estaba bebiendo.

Con gusto, dijo, y me besó.

 

No me costó mucho confirmar que Anne Müller había asumido con inexplicable entusiasmo la publicación de los cuentos de Yang Tzu. ¿Por qué, por qué alguien lo haría? Con una somera lectura de la obra me di cuenta de que, como Samanta dijo, Yang Tzu era un tarado y Müller, por ello, lo era más. Sobre todo, llegó a incomodarme la ingenua soberbia del autor, por no mencionar sus velados y no tan velados prejuicios hacia las mujeres. Pero justamente por su ingenuidad, la idea de hacer una selección de escritores como él me pareció que evidenciaba lo pasajera que es la vida.

Todos somos abrumadoramente tarados, frágiles, imbéciles, y cuando la muerte se acerca, ello se vuelve obvio.

En cuanto adopté la resolución de llevar a cabo la tarea, comenzaron a aparecer los nombres.

  1. Pierre Fave, un autor francés que vivió en el decimonono y murió obsesionado por colaborar con la enciclopedia de Diderot y D´alambert, fin que, por supuesto, nunca alcanzó.
  2. Hans Schmidt Weber, contemporáneo de Heinrich Heine y quien compartió la inspiración que la figura de Saúl Ascher (recuérdese El doctor Saúl Ascher del segundo autor mencionado) podía despertar. Sobra decir que Schmidt permanece anónimo hasta nuestros días mientras que Heine aún es leído profusamente en variadas instituciones académicas, por no mencionar al público lector que todavía lo disfruta. Dolorosa ironía que estos escritores fueran motivados por temas y personajes similares y tuvieran resultados tan distintos.
  3. Peter Jones, a quien presumiblemente Raymond Chandler aprobó en forma, pero nunca o casi nunca, en fondo. Fue el autor de historias Hard Boyle o Negras que vivió más el peligro, pero también el que más ha sufrido el olvido.
  4. Demetrio González, un escritor panameño a quien un misterioso tutor francés introdujo en una extraña corriente literaria, por decir lo menos: el Intimisticismo. Después de haber sido tratado deshonrosamente, el tutor desapareció sin dejar huella, lo que también hizo su pupilo algún tiempo después.
  5. José Guadalupe Urriaga, mexicano originario de Zirahuén, Michoacán, defensor de la cultura purépecha. A su manera, asumió la corriente nacionalista de la época, pero apartándose de los aztecas como centro. Algo secundario fue que adoptó códigos cortazarianos para la factura de sus cuentos, si se nos permite tal adjetivación. Podría llamarse arreoliano también, otra vez apoyándonos en un adjetivo inusual. En todo caso, no era ni lo uno ni lo otro porque Cortázar y Arreola fueron sus contemporáneos, y solo debieron tener aprendizajes comunes a los de él.
  6. Harry Yoshikawa, escritora japonesa que resplandece en toda su juventud en la actualidad tokiota. Aunque podría sobrevivir al olvido, porque todavía el tiempo está de su lado, me atrevo a asegurar que se está enterrando ella misma en montañas de antipatías y yerros a los que no se les otorgará perdón. Júzguenlo ustedes mismos cuando llegue su turno para ser leída.

Esta es la apretada selección.

¿Los criterios? Que fueran terriblemente humanos, que me sintiera identificado con ellos. Deseables amigos de farra, eso son. No dioses, y si se les tenía por diablos, que fueran pobres diablos. Me interesó, luego, que tuvieran una prosa destacada, no importando lo que trataran de decir con ella.

La universidad donde trabajo aceptó una solicitud de licencia con sueldo, oportunidad que aproveché para mi soñado periodo sabático. Me ayudó que al nuevo rector siempre le simpaticé. Pero prefiero pensar que el hado se manifestó y que, lo que estaba para mí, como dicen, nadie podía quitármelo.

Revisé publicaciones a las que era difícil acceder. Entrevisté a académicos a quienes les perseguía la fama de osados. Estas fueron mis fuentes.

Terminado el primer bosquejo de la aventura, la lista de los candidatos, fui a ver al médico para someterme a una evaluación de rutina. El doctor me hizo una auscultación ligera: abre la boca, tose; ¿le duele aquí donde le estoy apretando?, así. Después me pidió que le llevara los resultados de un ultrasonido reciente. Con diligencia, me apresuré a complacerlo. Le llevé las conclusiones del estudio. Recuerdo que alternó su mirada entre el papel y yo, pero cada vez más rápido. Y después hizo girar sus ojos hacia el techo, como si recordara algo o pidiera iluminación Divina. Finalmente, dijo:

La enfermedad desapareció.

Dios mío.

Y pregunté, como si fuera un retrasado mental:

¿Desapareció?

Y él asintió enérgicamente con la cabeza.

No había mejor manera de celebrar que yendo a Jaramillo, a la cabaña de Samanta Murr. Ella seguramente estaría enredada en su hamaca, arrullada por los sonidos del bosque de coníferas. Me dirigí al aeropuerto local.

Una vez en mi destino, alquilé un automóvil y lo manejé por las horas que fueron necesarias para llegar al paraíso privado de mi amante reciente.

Mientras avanzaba por el sendero en subida, el que acababa con la cabaña como corona, tuve una sensación extraña en el estómago, un presentimiento. Samanta no había ido a recibirme, como solía hacerlo en cuanto oía el sonido del metal de las verjas entrechocar, o incluso el murmullo del motor de un automóvil detenerse. Fui despertando a esta costumbre suya poco a poco, a fuerza de ver que se repetía sin falta. ¿Por qué no estaba ahí, esperándome en el sendero, con la curiosidad de quien recibe visitas solo ocasionalmente? Las hojas de las palmeras comenzaron a darme manotazos conforme fui avanzando y uno que otro mango podrido, cual lágrima amarilla, me hizo permanecer atento a donde pisaba. No llovía, pero había una humedad en el aire que era casi tan espesa como el agua.

No hice más que cruzar la puerta abierta (siempre estaba abierta) cuando vi a Samanta tejida ella misma sobre la hamaca, derramada como si no tuviera ninguna voluntad. Los años le habían asaltado de manera fulminante y ya no parecía lozana, sino cansadísima. Tuve la decencia de interesarme en ella antes que en mí mismo. Callé lo de mi curación y la observé. Gracias a ello, descubrí que tenía una pierna enyesada.

¡Metiste la pata, y no conmigo!,exclamé.

No te burles. Esto me ha deprimido enormemente.

¿En serio? No es la gran cosa, chica.

Es un esguince. ¿Sabes qué hacía yo con los esguinces en mi juventud? Nada. Seguía caminando. Ahora han tenido que inmovilizarme el pie con yeso.

Vamos, amor, eso no va a durar.

Siento que no puedo seguir normalmente con mi vida. ¡Cómo me hace falta mi pie!

Paciencia, paciencia.

No me has comprendido. Es lo que hablábamos antes. No soy tan fuerte como creía. ¿Comprende, señor?

Me acerqué a la hamaca y le indiqué que se sentara en uno de los lados, dejando el pie enyesado colgado del borde. Luego me acomodé junto a ella.

Lo comprendo, señora. Y no te preocupes: yo estaré contigo, aquí, el tiempo que haga falta.

Si muero, dijo como si fuera una niña consentida, haciendo pucheros, ¿me rescatarás del olvido como lo hizo Anne Müller con Yang Tzu?

La miré entornando los ojos y sonriendo de lado.

Haré algo mejor. ¿Lista para lo que tengo que decir?

Creí que era el momento para hablar de mi curación, pero, de inmediato, me percaté de que debía comenzar por el principio.

Cuéntame. Soy toda oídos. Necesito que me entretengas.

Me he dedicado a preparar una antología de Literatura olvidada, una selección que encabezará Yang Tzu.

¿Estás bromeando?

No, claro que no.

Estás bromeando.

Te juro que no.

Nos miramos fijamente.

¡Es maravilloso! ¡Maravilloso!, dijo al fin. Quiero colaborar. Por si no lo recuerdas, yo te presenté a Yang Tzu.

Pero ya tengo a los convocados. Son gente de primer nivel, todos.

No alteraré tu preciada selección. No te preocupes. Yo redactaré las notas introductorias. ¿Te parece?

Las redactaremos juntos.

Sí, juntos. Eso quise decir. Tengo mucho tiempo ahora que «metí la pata».

Cronológicamente, a Yang Tzu le corresponde aparecer al inicio. Además de que es el pionero, de cierto modo.

Me parece formidable que sea así.

¿Redactaremos todo en cuarta persona, en Nosotros?

Sí, escribamos como Nosotros.

Y mientras se animaba con aquel nuevo comienzo, se cayeron de ella los años y volvió a ser flor. Otra vez sentí el estremecimiento del deseo. ¡Estábamos vivos! La habría tomado entre mis brazos, como la otra vez, sobre la misma hamaca, pero giré hacia otros temas y seguimos hablando del recuerdo de nuestros autores olvidados.

Finalmente, cuando ocultó el planeta al sol, ella se dio cuenta de que me había sobrepuesto totalmente de mi enfermedad. Sin lugar a dudas, lo supo.

 

Miguel Camargo

PhD Literatura Comparada

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