Fragmento de Diamantes, cuento incluido en Mujeres que desaparecen.

20160809_180836 (1)Diamantes (fragmento).

 

En el tuétano del hueso de pollo, sus dientes chocan con un diminuto diamante. Pero cree que es una piedrecilla que se coló en el sancocho. Está sentada ante una mesa que se encaja entre dos paredes. De ella cuelgan los bordes de un mantel plástico y floreado, como de fonda. Dayra hunde dos dedos en su boca y atrapa la joya. La mira una y otra vez. No cree lo que está viendo.

En Sudáfrica, Johari sacude su colador en una corriente menuda del río Kimberley. Pierde un fruto de su cosecha repentinamente. Pero asume que nunca lo tuvo. Entre tanta piedra, pulverizada por la insistencia del río, un solo diamante no se distingue con facilidad. Hunde su plato de nuevo, sin preocuparse.

Dayra se pregunta cómo apareció el diamante. De dónde vino. Si ocurrió por una suerte de magia, ¿podría repetir el hechizo a voluntad? Está descalza y los faldones de la camisa de su uniforme cuelgan sobre la pollera azul.

—¡Zuleika! ¡Zuleika!

— ¿Qué pasa? — dice Zuleika mientras hace su entrada en la cocina.

— Mira este diamante. Me lo encontré.

Zuleika lo toma entres sus dedos y lo observa acuciosamente.

— Tiene brillo. ¿Pero cómo sabes que es un diamante?

Dayra se siente retada por la duda.

— Porque no se rompe. Lo mordí y no se melló.

— Muchas piedras no se rompen.

— Pero no son tan brillantes como esta.

Era cierto, la piedra brillaba extraordinariamente.

— ¿Y dónde la encontraste?

— Por ahí. En el suelo — miente Dayra.

— Podría ser de alguien.

— No, no lo es.

— ¿Cómo estás tan segura?

— Porque lo estoy. Punto.

— Habría que preguntarle a las demás.

— ¡No lo hagas! ¡Estaba en un hueso de pollo!

— Claro que no — y mientras hace esta aseveración, deshoja un muslo sacado del caldo, y destroza su hueso con una lenta pero imparable mordida.

Zuleika hace lo propio con otra pieza.

— No hay nada — dice Zuleika en cuanto puede.

Dayra, sin embargo, hace una mueca triunfal. Introduce sus dedos en la boca y saca otra leve luciérnaga que de inmediato exhibe. Sobra decir que Johari pierde un imperceptible cargamento una vez más.

Si hay diamantes en las médulas óseas de una gallina, ¿por qué Zuleika no había dado con ellos?

— ¡Lo tenías en la boca! — le acusa Zuleika.

— No, no. Te lo juro. Estaba dentro del hueso.

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