Juan Pablo II también amó a una mujer.

Iglesia

Nos acostumbramos a la conducta que más repetimos. Sea saludable o no, moral o no. Hasta lo incómodo, pasado el tiempo suficiente, es considerado cómodo. Hay demasiados ejemplos. ¿Cuántas personas, incluso ante un cáncer terminal, rehúsan dejar el cigarrillo? ¿A qué se aferran? La costumbre nos hace caer más que la fuerza de gravedad.

El primer anzuelo al que nos enganchamos es lo que la mayoría de las personas hace. Me preguntaba mi madre, cuando niño, si todos se lanzan desde el puente de las Américas, ¿tú lo harías? Y la respuesta lógica era no, pero la mayoría de las veces eso es lo que hacemos. Escuchamos la música que todos escuchan, admiramos a quienes todos admiran. Vamos a los restaurantes que están de moda. Y pocas razones pueden detenernos.

Si mi interés fuera ofrecer una fórmula sencilla sobre el usual comportamiento humano, comenzaría con estos dos pasos:

  1. Encuentra qué es lo que todos hacen.
  2. Repítelo por cuarenta días.

Y la una férrea costumbre aparecería. El resultado sería un comportamiento más o menos permanente y difícil de cambiar.

Por eso admiro a quienes se mantienen distintos. Son poco frecuentes, pero existen. Diputados que aún son idealistas. Curas que creen todavía en la salvación de sus feligreses. Médicos que están dispuestos a arriesgar sus cuentas bancarias para salvar vidas de indigentes.

Para ser singular hay que ser ingenuo, regresar al tiempo en que no teníamos prejuicios.

Hace poco se reveló la correspondencia sostenida entre el Papa Juan Pablo II y la filósofa polaco-estadounidense Anna Teresa Tymieniecka. A la luz pública, esto es ir contracorriente. Este amor platónico podría sentar un buen precedente para cambios en la Iglesia.

Creo que el celibato es tan antinatural como la promiscuidad. Nuestra energía sexual es de una potencia tal que no puede ser contenida ni debe ser desperdiciada. Ya Flaubert advertía que eyacular una onza de esperma fatigaba más que perder tres litros de sangre. Estoy convencido de que en la vida debemos caminar por un difícil equilibrio.

¿Qué tal si el futuro de las vocaciones eclesiásticas apuntara no a la negación de los instintos más básicos, sino a aprehender los niveles más enaltecedores del sexo? Las parejas de los curas serían mujeres preparadas para el amor romántico. Superarían las relaciones meramente animales y así, con toda autoridad moral, sus consortes podrían guiar a su audiencia para que hiciera los mismo.

El sexo elevado alimenta nuestra imaginación, además de que nos hace más optimistas. Sus ensoñaciones iluminan nuestro mundo interior y nos mejoran como personas.

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