¿Novela histórica?

Los escritos históricos no pueden registrar lo que registra una novela. Por ejemplo, el desamparo que sintió Simón Bolívar en sus años de mayor debilidad—No me refiero a decir que estuvo débil, sino a retratarlo tan frágil que el lector se entristezca (Gabriel García Márquez lo logró en El General en su laberinto). O describir momentos insignificantes para el devenir de la humanidad, pero definitivos para el alma de un personaje —como lo hizo Vargas Llosa con los problemas prostáticos de un dictador en La Fiesta del Chivo. La novela retrata emociones, pensamientos y el alma humana, eso que resulta imperceptible para los sentidos físicos.

La novela, pues, no requiere apegarse al rigor histórico, sino que apenas y suficientemente a la más efectiva arma de la ficción, la verosimilitud. Si se analiza la palabra, vero es verdad y símil, similitud, y puede deducirse que significa realidad posible. Toma la historia solo como referencia, no como fin. Ningún lector se comería el cuento, verbigracia, de que en el siglo XIII ya se había descubierto América, pero no es menester de la novela reproducir con exactitud lo que ocurrió en ese tiempo. Más bien, el novelista debe afinar su habilidad para sembrar verdades humanas en personajes inventados. Por eso, como sugirió Vargas Llosa, la novela dice verdades con mentiras.

Hay géneros más adecuados para la labor investigativa material: el ensayo, los textos históricos y las memorias; en otras palabras, la no ficción. Un camino entre dos mares: La creación del Canal de Panamá (1870-1914), de David McCullough, es un excelente libro, pero a nadie se le ocurriría llamarlo novela.

Yo escribo novela, ficciones, y para que estas ficciones sean creíbles recurro a escudriñar la historia. Pero también echo mano de recuerdos, leyendas, mitos y comentarios que tomo prestados de aquellos con quienes me cruzo. Cualquiera de estos materiales es cierto porque fueron experiencias humanas. Incluso los sueños son verdaderos si se grabaron en la psiquis de alguien. Mis relatos reflejan conversaciones con indígenas emberás, entrevistas con un hombre de cien años que vivió su infancia durante la construcción canalera. ¿Lo que me dijeron no es cierto? Claro que sí y si deseo hacer un personaje que se parezca a ellos, debo ser fiel a lo que me confiaron. La novela no es como la historia, sino como la vida misma.

Ahora, ¿el término novela histórica es incorrecto? No del todo. Lo que pasa es que nació con fines editoriales y de Marketing, no desde la perspectiva del creador de ficciones. Nació para guiar al público hacia libros específicos y aparece cuando la publicación ya fue completada. El escritor da a luz una novela, a secas, una ficción. Su esfuerzo se limita a poner frente al lector una verdad valiosa vestida hermosamente con una mentira. Hasta ahí su trabajo. Luego aparece la editorial y determina si esa obra tiene un énfasis histórico, romántico, fantástico o de thriller, para emparejarla con el lector que vaya a apreciarla más.

En conclusión, toda novela es un invento, un invento que tiene todos los elementos para pasar por realidad. El Quijote no existió como ser de carne y hueso, pero fue retratado de manera creíble en un tiempo pasado y comprobable. No existió como ser de carne y hueso, he dicho, pero ¿quién no ha sentido el arrebatado deseo de luchar idealista como él? Julio Verne escribió sobre inventos científicos que aún no se habían concretado. Fue una mentira, pero puso las bases científicas tan bien que pronto se hicieron verdades. La novela puede estirarse hasta el infinito y la historia es un cuarto con sus paredes estrictamente definidas. El novelista no debería negarse su propia y grandiosa libertad, ni limitar el portentoso e infinito alcance de la imaginación humana.

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