La lengua panameña salida del tiesto

  • Hay que irse para conocer dónde nacimos

Siempre quise viajar. Desde pequeño leí libros de aventuras y quise vivir las propias. Obras de Julio Verne, Jack London, Hermann Melville, Daniel Defoe y Alexandre Dumas, por no mencionar a los autores de narrativas detectivescas, Arthur Conan Doyle, Agatha Christie y Raymond Chandler (con su estilo Hard Boiled), me habían hipnotizado desde mis primeros años. Deseaba con ardor recorrer las geografías que ellos mostraban en sus libros.

Cuando, por fin, crucé la frontera de un nuevo territorio, me di cuenta de que las diferencias tenían doble filo. Uno de sus lados rasgaba las cortinas del mundo ajeno, el de quienes no eran como yo, y el otro desnudaba de tajo lo que no sabía de mí mismo. La ciencia lo llama efecto de contraste: sabemos quiénes somos cuando nos topamos con alguien que no es como nosotros.

Lo primero que descubrí es que tenía acento. Y no me refiero a las características detalladas de mi acento, sino simplemente a que tenía uno en particular. Hasta entonces, viví (estoy seguro de que no solo yo: se vive) en una suerte de burbuja: el único hablar neutro del mundo es el de uno. Los otros son los que hablan cantando. Pobrecitos los argentinos, mexicanos, españoles; pobrecitos porque hablan tan gracioso.

Súbito despertar: los panameños no solo hablamos con rapidez, sino que omitimos montones de letras. Omitimos, sobre todo, las que requieren una pronunciación honda: la S, la D, la R. Hablamos descuidáo (descuidado), pues. Es herencia del tránsito y del Caribe. No hay juicio de valor en esto: describo, no juzgo.

  • La pareja dispareja

Una pareja. Ella era colombiana. Él, panameño. Ocurrentes los dos. Grabaron un video en que comparaban sus culturas. En la parte superior del video, las banderas. Sobre él, la de Panamá; sobre ella, la de Colombia. Un poco más abajo, preguntas. «¿Dónde se come mejor?», por ejemplo. Y cada uno señalaba el pabellón nacional cuyas comidas prefería. A veces, coincidían. A veces, no.

Llegó la interrogante de los acentos. «¿Qué acento es más lindo?» El panameño, heroico, apuntó hacia su bandera. Pero solo al principio: ante la mirada insistente de su novia, acabó cediendo; cambió su elección.

Ya lo he dicho: las culturas son lo que tienen que ser. No hay una mejor que la otra. Lo único provechoso es comprender el origen de sus rasgos. Esa es mi obsesión; sobre todo, si se trata de mi propia cultura. Hablemos de un señor que llevaba por nombre Edgar Schein.

  • Las presunciones básicas

Schein reservaba el concepto de cultura para lo que él llamaba presunciones básicas. ¿A qué se refería con presunciones básicas? A lo que se asume de la realidad. Un ejemplo sería la percepción que se tiene del tiempo. En las ciudades, el tiempo se concibe como extremadamente finito. En el campo, es circular. Y esto provoca que las almas citadinas se la pasen corriendo, mientras que los campesinos son mucho más pausados en sus acciones. Schein decía que valores y costumbres se desprendían de las presunciones o supuestos.

Volvamos al acento panameño. Ya hablé del Caribe. También de las circunstancias geográficas, el tránsito. El mestizaje, como un círculo que abraza, también debió tener una participación en el asunto. Pero existe otro aspecto medular: el pueblo Congo, pueblo que sembró su semilla cultural en el istmo.

Se ha torcido la palabra Congo hasta convertirla en sinónimo de pusilánime o débil. «Es un Congo», se dice. Pero todo indica que fue lo contrario. Este colectivo resultó más rebelde de lo que pudo preverse. Los Congos estaban salidos del tiesto (expresión que me parece perfecta para ilustrar los giros idiomáticos panameños más osados) y adoptaron la llamada revesilla. Contradecían lo que el conquistador quería imponer. Abrían los paraguas estando bajo un techo. Ceñían las corbatas alrededor de sus frentes. Se ponían los sacos al revés. ¿No podría esto relacionarse con una práctica común entre los panameños contemporáneos? ¿Les suena las expresiones Qué sopá, On, Is, y tantas palabras a las que les damos un significado distinto al original? Atorrancia, por si no lo sabían, nació en Panamá; su referente es atorrante, pero no respeta el significado formal de este.

Es un lenguaje rebelde el panameño, sin duda. La lengua, como los congos, suele salirs del tiesto.

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