Por qué un ministerio de cultura ayudará a que los panameños contemos mejor nuestra historia

Yuval Noah Harari escribió que el ser humano ha sobrevivido hasta nuestros días por su capacidad para imaginar historias. Nada debe a su inteligencia en sí y mucho menos a su fuerza física. Para demostrarlo, Harari cita el caso de una empresa conocida. ¿Existe realmente su marca, la percepción que tienen las personas de ella? En realidad, no. Y no existe nada como hecho objetivo. Existen historias, eso sí. Dos personas van a un restaurante, escuchan la misma música de fondo y saborean las mismas comidas. Pero jamás podremos asegurar que interpretaron la experiencia de la misma manera. Quizás uno recomiende el restaurante y el otro no. Dice el dicho popular: cada quien cuenta su historia por cómo le fue en la fiesta, ¿o no?

El caso de los países es igual. Si somos cuatro millones de panameños, tal vez haya cuatro millones de versiones de lo que es Panamá. Y muchas más si tomamos en cuenta a las personas que nos visitan. Siempre, sin embargo, es necesario tener una guía común que cohesione y motive a una colectividad.

Panamá pasó de los últimos lugares en producción editorial en Centroamérica a disputar los primeros con países como Costa Rica. El salto se dio muy cerca del año 2,000 y los expertos dicen que se debió a la recuperación total de la soberanía sobre nuestro territorio. Estos nuevos libros nacieron con esfuerzos de autoedición, publicados por los mismos autores. La literatura fue el modo con que quisimos reorganizar nuestra identidad en aquel momento decisivo.

Otro ejemplo: apenas pasado el año 1903, el estado apoyó a un grupo de escritores que se convirtieron en la generación republicana. El país, qué duda cabe, necesitaba historias. Los ecos de estos hombres aún nos presentan ante el mundo con poemas como Patria, de Ricardo Miró.

La narrativa de «Centro del mundo, corazón del universo», acuñada hacia mediados del siglo veinte, determina todavía decisiones en todos los ámbitos de gestión del país.

También, con poemas como Panamá defendida de José Franco, dimos testimonio sobre nuestra lucha por la recuperación del Canal.

Mucho se cuestiona que los libros tengan algún valor. Lo cierto es que, como lo hemos visto en estos párrafos, nuestra historia demuestra que tienen gran valor. Y si queremos traducir su impacto en medidas económicas, bastaría con preguntarse ¿cuánto dinero ha generado, por el turismo y las directrices comerciales que señala, la frase «Panamá, centro del mundo y corazón del universo»?

Pero que haya historias es más complicado de lo que parece. Requiere crear público lector, defender los derechos de los autores, facilitar la creación de empresas creativas. Si el costo de la obra es muy alto, muy pocas personas podrán acceder a ella. Si es muy bajo, el autor no podrá seguir generando conocimiento, porque no tendrá cómo satisfacer sus necesidades básicas. Es una labor estratégica con la que no puede cumplir una entidad con el rango que tiene nuestro Instituto Nacional de Cultura (Inac). Se requiere más, y no estoy hablando de burocracia, sino de estatus y respeto estatal.

Para demostrar cómo nuestros autores han sido víctimas de estructuras gubernamentales insuficientes, lanzaré una pregunta al aire: ¿saben a quién debemos la tan utilizada frase «Panamá, centro del mundo y corazón del universo»? Me atrevo a decir que la mayoría dirá que no. El autor era un poeta, cuentista y periodista, Ignacio de Jesús Valdés. Es curioso que la resonancia que han tenido estas palabras no sea compartida con su autor. Con el tiempo, él ha perdido incluso el reconocimiento de su autoría.

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