Las presunciones de culpabilidad

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Para Donald Trump, hay unas personas buenas y otras malas. Incluso las caricaturas de Pixar y Disney han superado este limitado perfilamiento, pero él no. Habría que decirle que las brujas también desean ser buenas, e incluso tienen esa potencialidad, pero han sufrido un poco más que las princesas de cuento; las personalidades son formaciones complejas, señor Donald.

Retrocede siglos cada vez que abre la boca. Los canadienses son buenos, los del sur, no: You have very bad hombres back there, le ha dicho al presidente Peña Nieto. De la cobertura de su encuentro con Justin Trudeau se extrae, sobre todo, una impresión: hombres rubicundos y trajeados, homogéneos. Para cualquier desprevenido, pueden parecer excluyentes.

Por tener la piel tostada, se debe luchar a diario contra omnipresentes prejuicios. «Mire, señora, en realidad no me gusta el reguetón ni escuchar la música a alto volumen», «No, señor, no tuve una infancia difícil ni delictiva». Y por si fuera poco, ahora tenemos que cargar el pesado fardo de las presunciones de culpabilidad trumpianas. Sería justo que todos votáramos en las elecciones presidenciales de los Estados Unidos porque, de cualquier modo, pagamos el pato por los resultados.

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