Panamá: cultura abierta en canal (texto original)

Este es el texto original de la publicación que apareció en el PAÍS de España. Por razones de espacio, el periódico tuvo que editarlo.

http://cultura.elpais.com/cultura/2013/10/18/actualidad/1382090620_928517.HTML

Los sueños inaugurales.

¿Los países habitarán por siempre sus sueños inaugurales? La geografía panameña y su vocación de tránsito se traslucen en las manifestaciones artísticas de la nación. La pugna entre individuo y naturaleza que supuso una obra como el Canal de Panamá parece habérsenos quedado en los huesos. Quizás eso seamos quienes vivimos en esta región del planeta: hombres y mujeres cruzados por el mar. O tal vez solo sea signo de nuestra juventud como república.

Simón Bolívar, quien vio en la unidad el único camino para desarrollo soberano de Latinoamérica, pensó en Panamá como la capital de la región. Apenas separada del imperio español, se unió a la Gran Colombia por simpatizar con los ideales del Libertador sureño. Aquello ocurrió en el año 1821. Y es hasta el año 1903 que Panamá, tras el fracaso del proyecto canalero francés y a la par de una cuestionable cooperación de los Estados Unidos, se constituye como república. A esto siguieron noventa y siete años de ocupación estadounidense. Pasado este periodo se verificaron, hijas de una esencia invariable, las conclusiones del colombiano Óscar Alarcón Núñez: Panamá siempre fue de Panamá.

La estrechez del territorio panameño le da un costado al océano Atlántico y otro al Pacífico. Pero el país no ha dejado de mirarse en las aguas del Mar Caribe: nuestra cultura es muy caribeña. Y es hasta nuestros tiempos, como si el recorrido de Vasco Nuñez de Balboa tuviera una analogía de siglos, que se ha tornado la mirada al Mar del sur, océano Pacífico, como lo ha hecho el orbe todo.

Aunque la cultura panameña es un proceso incipiente, por las circunstancias que han rodeado la formación de la nación y el poco tiempo transcurrido desde que nos definimos como país, ha aportado significativamente en lo internacional. No nos referimos solo a nombres como Rubén Blades, «Mano de piedra» Durán, Omar Alfano y otros harto conocidos.

La música.

En Panamá, para hablar del arte, es necesario comenzar por la música. El país es extremadamente musical. Y sin grandes aspavientos mediáticos, ha dado origen a géneros que después se han hecho de consumo común en el mundo.

Luis Russel, quien en 1929 se convirtió en uno de los jazzistas más importantes de Nueva York, nació en Carenero, Bocas del Toro, Panamá. Fue hasta sus diecisiete años que emigró hacia New Orleans, Louisiana, gracias a que ganó tres mil dólares en la lotería. Armado solo con las lecciones musicales que le había legado su padre — desde pequeño aprendió a tocar violín, guitarra, piano y trombón —, se hizo un ejecutante en varias bandas y comenzó a aprender el estilo jazzístico.

En la actualidad, el aporte de los panameños al Jazz sigue vigente. Danilo Pérez, quien nació apenas en 1965, es muestra de ello. Ha compartido escenario con músicos como Dizzy Gillespie, Tito Puente, Wynton Marsalis, John Patitucci, entre otros. Álbumes que ha realizado con sus propias bandas han estado en las listas de mejores álbumes del año, recibido reconocimientos de la revista Downbeat y ganado el Jazziz Critics Choice Award. En 1995 se convirtió en el primer latinoamericano que formó parte del grupo de Wynton Marsalis. Su disco PanaMonk fue nombrado una «obra maestra del jazz» por el New York Times.

En cuanto a la Salsa, también hay mucho de qué hablar. Según Mario García Hudson, quien ha llevado a cabo cuantiosas investigaciones sobre música, Panamá contribuyó de manera importante al surgimiento y modelación de la Salsa tal como se conoce. En el libro de Francisco Buckley «Bush», La música salsa en Panamá y algo más, documenta que Panamá siempre ha sido un punto de convergencia y generación de fusiones musicales[i].

Fotografía de WVEN News
Fotografía de WVEN News

De modo que una figura como Rubén Blades se gesta en medio de influencias trenzadas: música cubana, puertorriqueña y ritmos oriundos del país. Como es harto conocido, la madre de Blades, Anoland Díaz (cuyo apellido real fue Bellido de Luna), además de cantante y pianista, trabajó en telenovelas, y era cubana; y su padre, Rubén Darío Blades, era un percusionista colombiano.

Por otro lado, lo que hoy se conoce como Reggaetón, fue en los ochentas Reggae en español y tuvo sus padres en músicos como Nando Boom, Fernando Orlando Brown; Renato; y «el General», Edgardo Franco; todos panameños. Sobre la instrumentalización de canciones dancehall jamaicanas, grababan letras en español equivalentes a las originales, pero que no necesariamente eran su traducción. Fue un género que nació para la fiesta. Los puertorriqueños, herederos también de una fuerte tradición caribeña, refinaron la musicalización y produjeron lo que hoy se conoce como Reggaetón.

En la actualidad, artistas como Cienfue, Carlos Méndez, Javier Medina Bernal, los integrantes de Señor Loop y de los Rabanes reflejan, de algún modo, el variado espectro de ritmos que Panamá ha visto nacer. Su música es muy mestiza. Se pueden distinguir en ella Salsa, Jazz, Tamborito, Mejorana, Rock pesado y Grunge.

Un grupo que se ha hecho de culto y ha convocado un número sin precedentes de seguidores locales es Señor Loop. Para Lilo Sánchez, vocalista de la agrupación, Panamá se puede definir con una palabra: improvisación. Y lo que, a su juicio, requiere es la estructura necesaria para contar la Historia panameña, su música, sus códigos. Asegura que Rubén Blades y “Mano de piedra” Durán no se hicieron sentados en una silla, y que los panameños le debemos a la Historia «trabajo; más horas de vuelo. Estamos demasiado cómodos apareciendo en Radio y TV local». Cree que una amenaza que se cierne sobre nosotros es «la balanza hacia la derecha», pero considera que «cuando venga de vuelta, vendrá con todo».

Sobra decir que enfrentado, no solo a la Música, sino también al resto de los ámbitos culturales, existe un Panamá comercial que goza de los muchos dividendos que el «Pro mundi beneficio» — lema que corona el escudo nacional — procura, Panamá que tiene poco interés en invertir en el desarrollo de la cultura propia.

La licenciada María Eugenia Herrera, directora del Instituto Nacional de Cultura, ve con pesimismo el poco interés que se manifiesta en el ámbito panameño hacia la cultura en general, el buen uso del lenguaje y la observación y entendimiento de los valores tradicionales, a la vez que reconoce que existe un crecimiento económico importante en nuestro país.

La literatura.

Enrique Jaramillo Levi, cuentista, investigador y promotor literario, sostiene que desde la década de los noventas y hasta la fecha, ha habido una eclosión de variados y cuantiosos cuentistas en el país. Sustenta esto con una bibliografía, compilatoria y antológica, que él de manera tenaz ha ido construyendo. Briseida Bloise, colaboradora de Alfaguara Panamá, nos comentó que las cifras muestran un relativo ascenso en la venta de libros. Para ella, Panamá es oportunidades y su mayor tesoro es su gente, por lo que confía en que cada vez se leerá más.

Un retrato completo del Panamá urbano, impuro, se refleja en narraciones de Lili Mendoza y Melanie Taylor. Este grupo de narradores ronda la visión de un Panamá más real, alejado (o contrapuesto) a la visión publicitaria y paradisiaca. En él aparecen las calles de la avenida Central o los callejones de Santa Ana, el lenguaje vivo, por babélico, de los barrios marginales. Bien dice Daniel Domínguez, periodista cultural del periódico La prensa de Panamá, que «Somos hijos del Caribe, y al mismo tiempo, herederos de tantas voces provenientes de los cuatro puntos cardinales. Somos una especie de Babel moderna y tropical. Vas a un parque o a un centro comercial y escuchas el español hablado por un nacional, un colombiano, un argentino o un venezolano, y a la par, también puedes escuchar a alguien expresándose en inglés, en alemán, en chino o en francés, y casi todos ellos, cuando la ocasión lo pida, hablan un castellano que se vuelve único, y al mismo tiempo, universal».

Otro grupo, quizás menos interesado en apropiarse de códigos culturales, incluye a Lucy Chau, Gonzalo Menéndez, Luigi Lescure y José Luis Rodríguez Pittí. Raúl Altamar ha explorado, desde el ensayo o el artículo, sus visiones particulares del país. Juan David Morgan se ha mantenido fiel al género de novela histórica, como lo ha hecho Ramón Francisco Jurado con el género policial. Ramón Fonseca Mora y Rose Marie Tapia han buscado al gran público. Y Rosa María Britton sigue presente en los programas escolares. Un puñado de prometedores narradores se asoman ya por entre los telones de los siguientes años: Julio Moreira y Cheri Lewis, entre otros.

La poesía sigue los senderos de lo clásico, con Javier Alvarado, o los de la experimentación como en el caso de Salvador Medina Barahona y Gorka Lasa. También hay una generación interesante que se consolida alrededor de Magdalena Camargo Lemieszek, Franz Castro y dos o tres autores más. Javier Romero, poeta y dramaturgo, está haciendo teatro experimental que funciona muy bien: simbólico y, a la vez, sencillo.

Los registros de ISBN, alojados en la Biblioteca Nacional de Panamá, atestiguan que hay un aumento anual de alrededor de un 15% de la producción bibliográfica, del año 1,997 a la fecha, sobre todo debido a las publicaciones de autor en títulos relacionados con Ciencias sociales y la Literatura. En la última década, Panamá ha visto nacer, por lo menos, a tres editoriales independientes de considerable vitalidad: FUGA editorial, Grupo Editorial 9Signos y Taller/Sagitario Editorial.

Es indudable que se cuenta con más espacios para la literatura. Las presentaciones de libros se han multiplicado, al igual que los talleres independientes y los círculos de lectura. Desde hace una decena de años, el profesor Ricardo Ríos, el escritor Ariel Barría, el poeta Edilberto González Trejos y, más recientemente, Rose Marie Tapia han impulsado proyectos relacionados con la promoción de la lectura. O sea que, si la literatura es una ola que debemos henchir, en Panamá se avanza en el camino correcto. Sin embargo, como opina la Ministra de Educación, Lucinda Molinar, hace falta que se preste más atención al interior del país, y enaltecer la cultura raizal: «Debemos, a la vez que se promociona a Panamá como cultura turística, internalizar en los jóvenes, a través de la instrucción, nuestra cultura y el deseo de la conservación de nuestro patrimonio histórico y geográfico para las futuras generaciones».

El cine.

Según César del Vasto y Edgar Soberón Torchía, autores del libro Breve historia del cine en Panamá. 1895.2003, se puede concluir del cine panameño lo mismo que en la mayoría de los países del orbe: ¿Conoce usted otro cine que no sea el norteamericano (estadounidense)?[ii]

Esto no significa, por supuesto, que regularmente no se salpique la imbatible alfombra de Hollywood con documentales, cortometrajes y uno que otro largometraje panameños. De que los hay, los hay. Pero la mayor atención del público se ha centrado con abrumadora mayoría en lo foráneo.

La película panameña que más impacto ha tenido en los últimos tiempos ha sido El chance (2009). Su director es el judío panameño Abner Benaim. Narra el secuestro de unos dueños de casa a manos de sus empleadas domésticas. Alrededor de este este nudo, se desencadenan una serie de eventos que provocan reflexión y jocosidad.

En los próximos años, según comunicados aparecidos desde los primeros meses del año 2013, el gobierno apoyará con un fondo para la cinematografía a doce producciones nacionales. Esta es una noticia más que grata. Sin duda.

Arte contemporáneo.

En Panamá, cruzando el siglo XIX, las construcciones del Canal de Panamá y del Ferrocarril interoceánico dejaron su huella en el arte local, pero más que nada gracias a quienes transitaban por el istmo: la pintura de esta época se debe a extranjeros que utilizaron nuestro país como punto de emigración a otras tierras. El istmo siempre ha sido considerado muy estimulante en lo visual.

Desde diferentes perspectivas y con técnicas diversas, los panameños comenzaron a mirarse en su entorno a partir del siglo XX. Alfredo Sinclair, con su talento, atrajo la mirada del mundo a este brazo de tierra firme. Y su hija, Olga Sinclair, heredera de su fuerza, según el historiador y crítico del arte, José Manuel Springer, ya cruzó la línea que separa al buen artista del gran maestro. Chong Neto generó un estilo de mujeres con cuerpos arbolados. Blas Petit ha desarrollado una serie de figuras femeninas con un solo y gran ojo. Y Rolando de Sedas ha decorado el Casco antiguo de la ciudad con empolleradas que parecen mirarte fijamente, a quienes al autor llama «mamis».[iii] Brooke Alfaro es un referente en lo que a estilo pictórico se refiere, y Sandra Eleta ha sabido iluminar la visión del Caribe panameño.

Según Víctor Mojica,  periodista y fundador de la revista El guayacán, un artista contemporáneo que ha forjado un nombre importante en los últimos años es Johnathan Harker. Harker ha obtenido, entre otros reconocimientos, el Primer Premio en la VI Bienal de Arte de Panamá (2002), así como Menciones de Honor en la VIII Bienal de Cuenca (2004), en la III Bienal de Video Latinoamericano del BID (2006), y en el VI Salón de Dibujo de Santo Domingo, República Dominicana (2007). Además, asegura que puñado de nombres a tener en cuenta, por el reconocimiento que han ganado a nivel internacional, son Donna Conlon, José Castrellón, Cisco Merell e Iraida de Icaza.

Un caso dramático es el de Gustavo Araujo, prometedor fotógrafo artístico y publicitario, videoartista, músico y pintor, quien murió hace cinco años, tras ganar múltiples reconocimientos y haber participado en proyectos innovadores que reflejan la cultura panameña.

Panamá, en el mapa, es una serpiente que se muerde la cola.

La pregunta inicial regresa: ¿Los países habitarán por siempre sus sueños inaugurales? Mucho se ha dicho de las ventajas que el Canal interoceánico panameño ostenta, pero ¿existen desventajas? Un estudio de Rodrigo Miró, intelectual muy recordado en nuestro país, hizo notar que el siglo XIX del istmo fue mucho más fructífero en actividades sedentarias y culturales que el siglo posterior, en el un canal interoceánico ya ofrecía riquezas artificiales y que no marchan a la par de los procesos de la identidad. El arte, sin duda, marcha siempre a contracorriente de la fuerza centrífuga del comercio. Creo que la pregunta que cabe, entonces, es si los hombres y mujeres cruzados por el mar lograrán conciliar su paradoja.


[i] Buckley, Francisco. La música salsa y algo más. Edición de autor. Panamá, 2004.

[ii] Del Vasto, César; Soberón, Edgar. Breve historia del cine panameño. CIMAS. Panamá. 2003

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