James Ellroy o las patologías de los hombres.

En realidad, es muy poco lo que una mujer le pide a un hombre. Conozco a quienes están dispuestas a sostener a su familia, obedecer en todo lo que les sea pedido y reír siempre, con tal de que su pareja permanezca a su lado.

Si a una mujer le muestras un sentimiento oculto de pronto, como quien lleva flores azules un día cualquiera, sabrá que cuenta contigo y te lo pagará caro. Para ellas, eso es amor. El hombre, en las relaciones, es patológico.

El hombre tiene más que probarse. Y muchos no se sienten en paz consigo mismo, si no convierten su vida en un infierno. Eso probaría finalmente su fortaleza.

Para tener una imagen arquetípica de lo que digo, echa un vistazo a los héroes de Raymod Chandler o Dashiell Hammet. O recurre a los de James Ellroy, un escritor contemporáneo que siempre ha sido agresivo con la prensa y se autoproclama “el perro rabioso” de la ficción americana. Él mismo es un personaje, uno que se dio tantos golpes a sí mismo que acabó escribiendo ficciones duras y a las vez iluminadoras. Cuando le preguntaron en la revista Rolling Stone sobre uno de los personajes de su libro Sangre Vagabunda, Don Crutchfield, esto fue lo que contestó:

Soy yo, un tipo grande con un corte al cero y pantalones de pinzas en pleno Verano del Amor preguntándose por qué no puede acostarse con nadie. “Bueno, puede que si dejas de hacerte pajas y escuchas rock & roll en lugar de Beethoven, fueras más atractivo”. En el libro, Crutchfield no sabe qué hacer en Navidad. Nunca ha echado un polvo, y tiene 23 años, y está solo. Es un mirón, y tiene dos opciones: acudir al servicio de medianoche de la iglesia luterana o espiar a las mujeres negras en South Central L.A.. Ese soy yo, en pocas palabras.

Una vez escribí un cuento sobre un hombre al que le nacía un seno (Hombre y mujer). Pero no cualquier seno, sino el más bello seno que se hubiera visto jamás. Ese cuento incomodó tanto a un amigo, que me reclamó haberlo publicado. La verdad es que yo no había pensado mucho en el asunto; lo que traté de decir fue metafórico más que literal. De cualquier modo, si sabía que el cuento iba a ser perturbador.

Sé que nuestro destino es conciliar las diferencias, encontrarnos todos dentro, ser uno y ninguno, empatizar hasta vernos uno en el otro.

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