No es cierto que existan culturas populacheras y otras de calidad superior. Y no basta leer miles de libros si no tienes una formación que permee a tu conducta. Esto solo genera seres, bauticémoslos hoy, enmascarados: personas que pretenden ser como lo que leen sin lograrlo.
Dejemos de caer en un hoyo que fue rellenado desde hace décadas: la misma Unesco reconoce que la idea de una cultura refinada y otras bárbaras es obsoleta. El panorama ideal sería un reino con variados especímenes que, de maneras a veces misteriosas, logran coexistir en armonía.
Ludwig von Bertalanffy, biólogo y filósofo, propuso un entramado de ideas que llamó Teoría General de Sistemas. Se oye complicado el nombre de la teoría (y también el del personaje), pero el asunto es sencillo: Ludwig, el agudo Ludwig, llegó a la conclusión de que todos los aspectos de la naturaleza están conectados y asumen el comportamiento de un sistema. En otras palabras, todos los aspectos del saber interactúan y alcanzan un objetivo común. Con base en esto, pueden hallarse principios físicos en un análisis matemático y viceversa, y en todas las áreas del conocimiento.
Permítanme exponer un ejemplo personal (no crean que me baso solo en las palabras del buen Ludwig). Mi hija está cursando su segundo año en la carrera de Medicina y no le está siendo fácil. Entre las materias de su syllabus, la de Física Orgánica es la que más trabajo le cuesta. Su madre y yo nos sentíamos impotentes porque ninguno sabía ni papa de Medicina. Hasta que, un día, conversando con mi primogénita (mi única hija), caí en la cuenta de que los principios físicos cruzan todas las actividades humanas. Yo estudié Ingeniería Industrial y aprendí bastante bien que, si un objeto se opone a otro con igual fuerza y en dirección contraria, ambos se quedan quietos. Es lo que pasa si dos hombres que pulsean aplican la misma potencia. Los principios de física que se usan en la Ingeniería, pues, son los mismos que en la Medicina. Dicho esto: ¿es mejor la Medicina que la Ingeniería? No; las dos giran alrededor de un mismo núcleo.
Bueno, no crean que me he olvidado de las culturas (tampoco me he olvidado de los goleadores que anuncia el título). Ya verán que hay una relación entre los argumentos anteriores y los siguientes. Planteemos la pregunta: ¿es mejor una cultura que otra? Tampoco; por supuesto que no. Son, como lo demás, complementarias. Y los ejemplos sobran.
El Tango, que hoy es inseparable de la cultura argentina, fue marginal y tiene semillas africanas. Y eso que los negros fueron diezmados de diversas maneras en ese país. Es irónica la historia: los caucásicos argentinos son, de cierto modo, negros.
Ahora, pensemos en dos novelas emblemáticas de la mejor literatura latinoamericana: Tres tristes tigres y Un mundo para Julius (estoy leyendo la última en estos momentos). Ninguna está escrita en castellano: están escritas en cubano y peruano; se complementan el idioma castellano con anglicismos y africanismos y cubanísimos, en el caso de la primera, escrita por Guillermo Cabrera Infante; y se revuelven peruanismos, latinoamericanismos y el castellano en la segunda, escrita por Alfredo Bryce Echenique.
A ver, sigo. Pocos panameños conocen a una escritora llamada Rita Indiana, pero esta escritora existe y, no solo existe, sino que es una escritora con una trayectoria interesante. Ella ha logrado incursionar, con relativo éxito y teniendo una voz caribeña y dominicanísima, en el exigente mercado lector español. Si lo pensamos un instante, es lógico. ¿Por qué querrían, desde la península ibérica, importar literatura que sea exactamente como la que ellos ya escriben muy bien? Necesitan su complemento, no más personas paradas en una fila larguísima. Es de reírse quienes pretenden encajar mimetizándose; en realidad, se necesita algo diferente. No sirve disfrazarse de lo que no se es y nunca se será. Ahí sí que, parafraseando la canción, Se conoce al bacalao, aunque venga disfrazao. Y todavía pretenden dar clases desde sus artículos que poco se leen y las lejanas tierras donde viven.
Ahora sí, pasemos a lo del Fútbol. Panamá, en su segunda incursión mundialista, jugó muy bien. Disciplinados nuestros jugadores y no hay por qué reclamarles nada. Formidable y excelente y magnífico. Estoy seguro de que, a partir de esta experiencia, solo queda subir.
Pero no anotaron ni un solo gol.
Yo creo que las ideas de Ludwig pueden ayudarnos a dilucidar esta incógnita: ¿por qué no tuvimos goleadores en el reciente mundial de fútbol? Comencemos con esto: un goleador no es como el resto del equipo. Los goleadores son lobos solitarios; si no me creen, piensen en la feroz individualidad de Messi, Cristiano, Lamine, Mbappé o, más recientemente, Haaland. El mundo completito puede estar en contra de ellos y aun así siguen avanzando. No responden a las reglas porque las reglas limitarían sus creatividades. Está muy bien la estrategia, pero, cuando el goleador está frente al arco y al portero, no hay estrategia que valga. El goleador no tiene a qué asirse y le queda solo mirar dentro de sí mismos: ¿gambeteo?, ¿disparo al arco?, ¿paso el balón?, ¿hago un giro de chilena?
Creo que el gran reto de Panamá, al menos en el fútbol, será buscar jugadores que se atrevan a ser ellos mismos. Eso hace un goleador: sabe que, en un mundo donde todos somos diferentes, no queda más que asumir su propio papel. Amén.
