Sobre Gabriel García Márquez.

Fotografía de EFE

Entre los veinte y los veinticinco años, tuve la oportunidad de leer bastante y bien – por bien me refiero a que lo hice sin prisas, con un estado interior sereno. Radicaba en México entonces y tenía a mi alcance la muy completa biblioteca de mi universidad.

Entre los autores que leí en esa época, estaba Gabriel García Márquez.

Y no es que me estuviera acercando a García Márquez por primera vez: ya conocía Doce cuentos peregrinos, El Amor en los tiempos del cólera, Del amor y otros demonios; ya conocía el modo desesperado, moroso y desesperado con el que Márquez describía el amor.

¿Compartes el gusto por García Márquez? No a cualquiera se le da el Nobel, ¿cierto?

Pero fue en México que leí El General en su laberinto, obra que reconstruye los años más misteriosos de Simón Bolívar. Esta obra me resultó conmovedora, conmovedora por lo que dice del dolor de quien retrataban los libros de historia sin mácula.

No es de El General en su laberinto, sin embargo, de lo que quiero hablarte. Quiero hablar de esos años en los que leí sin prisas, con todo el tiempo a mi alcance. Quiero hablar de que ya no están.

¿Hemos cambiado nosotros, o han cambiado los años?

Como no soy partidario de dejar mi destino a otras fuerzas, digo que he cambiado yo, y hoy me propongo recuperarme en esencia.

Que corra el mundo pero sin perdernos en su escapada.

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