Las peores discriminaciones que he enfrentado no fueron por raza

Puede encontrarse en Amazon un libro mío que reúne cuentos sobre discriminación y abusos de poder. Se llama Siéntete mal por reírte de esto. Mientras terminábamos su edición, se me ocurrieron las ideas presentes en el siguiente texto.

Imaginen que, en una casa comunal, las paredes están pintadas de celeste. Siempre han estado así. Es un punto de reunión dominical que alberga vecinos. Se reúnen para jugar dominó, bingo o solo conversar. Hay un sentido de pertenencia hacia la casa y, aunque sus colores claros tienen obvios perjuicios (ensuciarse con facilidad y reflejar demasiado la luz), nadie los ha cuestionado en, tiremos un número, cincuenta años. Es la casa comunal, la casa de todos, y siempre ha sido como es.

Ahora, supongamos que llega un nuevo administrador, podría ser un recién llegado, un hombre o mujer joven, o una persona simple que renovó su visión existencial. Propone cambios:

«Esas paredes», dice, «hay que repintarlas con tono terroso; así será más fácil mantenerlas en buen estado».

Su lógica es indiscutible, aunque ninguna lógica lo es: nuestro sistema intelectual sirve a las emociones como un esclavo a su amo. Aparecen varios voceros entre los inconformes:

«El celeste es el color del cielo: no debe calificársele por su valor práctico sino por lo que simboliza».

Además,

«¿Por qué enfocarse en lo que ha funcionado bien y no en problemas apremiantes: los atrasos en las cuotas de mantenimiento ya llegan a las nubes?».

El administrador encaja bien los golpes y se mantiene firme. Ni siquiera se tambalea. No da su brazo a torcer y se prepara para esgrimir argumentos más contundentes.

Si pensamos en lo puesto arriba (lo acabo de inventar, no piensen que estoy ventilando bochinches de los vecinos), lo más fácil sería ponerse en paz con el color de las paredes. ¿Para qué meterse en problemas? Hagamos lo que aclama la minúscula muchedumbre: idear mejores formas de cobrar la morosidad. Resulta previsible que, si se sigue persiguiendo el objetivo fijado, la vida del administrador encontrará rechazo y antipatía en sus prójimos.

Las peores discriminaciones no son por raza. Hay personas obtusas e idiotas, sí, pero se puede lidiar con la estupidez (así sea ignorando al estúpido). Por otro lado, creo que la mayoría de los episodios de racismo no obedecen a la maldad. He encontrado ingenuidades, curiosidades y, sí, también, ternuras, entre los ofensores. Muchos no saben lidiar con una persona negra; no han convivido nunca con una. Nos conocen a través de chistes en el TikTok. O creen que los negros requerimos un trato distinto al resto de los seres humanos. Y están los negros que creen que son blancos, pero ese tema requeriría muchas más cuartillas de las que estoy dispuesto a escribir hoy. No puedo meter todo en la misma bolsa. Para mí, la curiosidad desprejuiciada es la cura. Y me atrevo a asegurar que, con las mujeres, los discapacitados, LGBTQ y demás, ocurre lo mismo.

Alguien podría objetar que hay discriminaciones raciales institucionalizadas, y es cierto. Pero se han hecho avances enormes en este sentido. Existen bastantes leyes para enfrentar la exclusión. Y esta no es, considero, una discriminación racial en sí misma. Se cruza con la peor discriminación de todas. Volvamos al caso del que hablábamos antes.

El administrador está de pie en medio de la casa comunal. Es una dura situación la que enfrenta, pero es un hombre valiente y le inspiran ideales nobles, que las siguientes generaciones de la barriada cuenten con un buen espacio de solaz. Se estira tan alto como es:

«Si cambiamos los colores de las paredes, no habrá que repintar cada mes, como se hace en la actualidad. Eso nos permitiría engordar el presupuesto y ampliar nuestra oferta de capacitaciones y juegos para los niños».

El análisis deja pasmada a la audiencia. Por un momento, flota en el aire el olor a cambio. Pero dos cabecillas están sentados hombro con hombro. Uno le susurra a su compañero un secreto:

«Nadie está listo para que la casa de siempre cambie. ¿De dónde sacaron a este tipo?»

«No lo sé. Pero estoy de acuerdo en que está complicándolo todo».

«Así es. Solo sonriamos, digamos que sí y, mañana mismo, impulsamos a un nuevo candidato para el cargo. ¿De acuerdo?»

«De acuerdo».

Y ambos sonríen. Y el resto de los asistentes confirman la obediencia a sus líderes sonriendo. Y, finalmente, el administrador se ilusiona con tantos rostros que asienten con entusiasmo y corona la reunión con la sonrisa más blanca que alguien hubiera visto jamás.

Y esa es la peor discriminación que existe, la que se ejerce hacia quien piensa distinto. Discriminación de ideas, llamémosla. La persona de una raza distinta no es excluida mayormente por su raza, sino porque se atreve a asumir algo distinto a lo que se espera de él. Lo mismo pasa con las mujeres. Y con los discapacitados, cuando desean romper las barreras de sus propias limitaciones. O cuando una persona con una orientación sexual alternativa quiere casarse. Se le discrimina por sus ideas. Y, como no son evidentes las ideas, es muy difícil rastrear la discriminación. Se habla de fenotipos y características casi palpables, en un afán de materializar la equidad. Pero lo equidad verdadera no es material, sino basada en la libertad del pensamiento. Las estructuras materiales sí deben tener referencias comunes, porque son para todos, pero poder expresarse no debería tener límites. La discriminación de ideas es la peor de todas, sin duda.

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